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lunes, 28 de septiembre de 2015

España se ha convertido en una nación vieja.

Por Eduardo Hertfelder


         Este informe forma parte de serie de estudios tales como la evolución de la Nupcialidad, la conciliación de la vida laboral y familia, la protección social a la familia y la fiscalidad en España, etc., que desde el IPF publicaremos en los próximos meses.

         Algunas de las conclusiones del Informe de Natalidad y Demografía en España son:

1.   NATALIDAD:

        España está sin niños. Es, junto a Portugal, el país de la UE28 con menor natalidad.
España lleva 35 años (desde 1980) con un índice de fecundidad menor de 2,1, y se ha agravado desde 1987 en la que no se ha superado 1,5 hijos por mujer, lo que ha provocado: 
· Índice de fecundidad de 1,3 y en algunas comunidades apenas llega a 1 hijo por mujer.
· España y Portugal son los países de la UE28 con menor índice de fecundidad (2013). 
. La natalidad está bajo mínimos. En España hace faltan 260.000 nacimientos más anuales para asegurar el nivel de reemplazo general.
. Las españolas cada vez tienen los hijos más tarde (31,78 años). Las españolas son las mujeres de la UE28 que tienen sus hijos más tarde,. 
· El aborto frena la natalidad: España superó los 108.000 abortos (108.690) en 2013, y se ha convertido en el tercer país de la UE28 con mayor número de abortos. Se han "perdido" más de un millón novecientos mil niños (1.914.446 abortos) desde la legalización del aborto  en 1985.

2. POBLACIÓN:

     En España, ya mueren más españoles de los que nacen. La inmigración ha sido la causa fundamental del crecimiento poblacional español. 
·Mueren más personas de los que nacen por el descenso vertiginoso de los nacimientos españoles.  
·La inmigración, a pesar de su descenso en los últimos años, ha sido la causa fundamental del crecimiento poblacional español. 1 de cada 10 personas en España es inmigrante.. 
3. CARACTERISTICAS Y PROYECCIÓN DE LA POBLACIÓN:

España se ha convertido en una nación vieja y está en pleno invierno demográfico.
Desde 1981, la población mayor se ha duplicado y la población juvenil se ha reducido la cuarta parte. Ya hay 1,5 millones más de personas mayores que jóvenes.
El déficit de natalidad y el incremento de la esperanza de vida (mayor población mayor) ha provocado:
1. El aumento de la edad media de la población española (ha superado los 42 años)
2. El derrumbe de la pirámide poblacional española.  De seguir esta tendencia, en el año 2050, las consecuencias del invierno demográfico, serán catastróficas.

4. CONSECUENCIAS DEL DÉFICIT DE LA NATALIDAD Y DEL ENVEJECIMIENTO POBLACIONAL

Cada día en España: Se pierden 52 jóvenes menores de 15 años; 416 nuevas personas mayores de 65 años de las que 222 son nuevas personas mayores de 80 años; Se marchan 627 inmigrantes; Se producen 1.080 defunciones
 Asimismo, cada día se producen 1.460 embarazos, de los cuales 1.168 son nacimientos y 298 son abortos; De los 1.168 nacimientos diarios, 761 son nacimientos matrimoniales y 477 son nacimientos extramatrimoniales; De los 298 abortos, 35 de ellos son de adolescentes

 Y con unas consecuencias económicas evidentes:

         · El Envejecimiento Poblacional está ocasionando: Incremento de los  gastos sanitarios; Peligro de las pensiones (Incremento  del número de pensionistas y por tanto de su cuantía); Cambios en el Mercado de Trabajo: disminución de la proporción en edad de trabajar. Fuerza laboral decreciente y envejecida. 
        · Por su parte el Déficit Natalidad: Disminución de los ingresos en la Seguridad Social; Riesgo de la quiebra de la prestaciones sociales y del Estado  del Bienestar; Reducción del número de centros educativos y universitarios y del profesorado.

Como conclusión podemos afirmar que la sociedad española se encuentra en una encrucijada  y dependiendo de la evolución que en los próximos tiempos se produzca, sus problemas demográficos se agravarán aún más o, por el contrario, se empezará a salir de este de este túnel demográfico en el cual está inmerso.


American ultra


American ultra
  • Acción Comedia
  • Público apropiado: Adultos
  • Valoración moral: Con inconvenientes
  • Año: 2015
  • Dirección: Nima Nourizadeh
Contenidos: Imágenes (muchas V+, varias X), Diálogos (varios D)
Dirección: Nima Nourizadeh. País:USAAño: 2015. Duración:96 min. Género:AccióncomediaInterpretación:Kristen StewartJesse Eisenberg, Topher Grace, John Leguizamo, Bill Pullman, Connie Britton, Walton Goggins. Guion:Max Landis. Estreno en España: 11 Septiembre 2015.
Reseña:
Nima Nourizadeh, director de “Project X” (2012), dirige esta película que mezcla comedia y acción. La cinta está protagonizada por Kristen Stewart, la chica de la saga Crepúsculo; y por Jesse Eisenberg, el nuevo Lex Luthor en “Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia” (2016).
En un pequeño pueblo viven dos jovenzuelos enamorados, Mike y Phoebe. Pero algo no anda bien en sus vidas, porretas empedernidos se sienten un poco atrapados en ese lugar debido a los ataques de pánico que sufre Mike, que busca el momento oportuno para pedirle matrimonio a Phoebe. Una noche mientras dibuja un tebeo de su invención en la solitaria tienda de carretera que regenta, Mike observa cómo dos tipos están manipulando su coche. Cuando se acerca y éstos se preparan para atacarle, Mike reacciona como una auténtico experto en la lucha cuerpo a cuerpo.
La película, por su concepción, tiene mucho de gamberrada, pese que cuenta una historia bastante sencilla que se desarrolla muy linealmente, por terrenos previsibles. El argumento central parece una mezcla entre las películas de Jason Bourne (experimento con agente desmemoriado de la CIA que hay que eliminar) y las escenas de acción y la puesta en escena de filmes friquis al estilo Kick-Ass. Listos para machacar. El resultado es medianamente entretenido, de humorada desfasada, aunque también excesivamente simple, paródico, leve. 

Algunas preguntas sobre la familia (2)

Juan José Pérez-Soba y Stephen Kampowski


III. Divorciados “casados civilmente” o que viven en situación de una nueva convivencia

12. Por qué no se puede dar la absolución a un divorciado vuelto a casar y sí a los demás pecadores, ¿no es una discriminación?
Es un ejemplo de lo que hemos dicho anteriormente, no se puede nunca dar la absolución a un pecador que de hecho no esté arrepentido. El arrepentimiento verdadero no es un simple sentimiento de pena por lo que ha sucedido o por las consecuencias que se ha producido; es un rechazo de la acción pecaminosa de forma que deja de ser propia. Así el sacramento de la penitencia exige siempre una verdadera conversión: la aversión al pecado y la unión con Dios.
El pecado en el que incurre un divorciado al unirse sexualmente a otra persona fuera de su cónyuge, es el del adulterio, así lo califica Jesucristo en el Evangelio (Mt 19,9) y lo atestigua San Pablo a los discípulos (cfr. Rom 7,3). Arrepentirse de este pecado no es sólo dolerse de la ruptura realizada, que en algunos casos puede ser irreversible, sino el rechazar realmente en la actualidad una unión sexual pecaminosa, fuera de la consideración de si se es culpable o no de la ruptura de la primera relación. Si esto no se da, no hay margen para recibir la absolución, porque no se halla en condiciones adecuadas para ello. En este sentido, se ha de valorar adecuadamente la circunstancia particular de que el matrimonio constituye un “estado de vida”, es decir, en sí es una situación permanente que debe ser cambiada de algún modo para poder reconocer en el pecador la conversión necesaria. Sin el compromiso firme y comprobado de, al menos, no realizar actos de adulterio, no se puede absolver al pecador. Este es un punto que debe ser tenido en cuenta en cualquier proceso penitencial propuesto a estas personas.
13. Si la misericordia es el principio de toda la pastoral, ¿por qué limitarla con leyes de la Iglesia?
La ley moral es una indicación del mínimo a partir del cual una acción es siempre mala, por eso es un límite en el sentido de ayudar a que el hombre no se desvíe del camino de crecimiento moral. Por la objetividad propia de la ley, fundada en el objeto moral que está implicado en las acciones concretas, indica una comunicación positiva del bien con un alcance universal. En este sentido, más que un límite a la libertad, la ley es una ayuda a la misma para alcanzar su fin auténtico, amar. Es en este significado, por la conexión entre la ley, la libertad y el amor, donde la misericordia armoniza plenamente con la ley moral.
La formulación adecuada de las leyes morales evita la arbitrariedad de quien quiere sobreponer su voluntad a los demás, lo cual acaba siempre en una injusticia. De hecho, es algo usual que quien se salta las leyes de la autoridad, suele imponer luego las suyas a los demás. La Iglesia ayuda a sus fieles a discernir su camino moral con una enseñanza autorizada de aquello que corresponde a la ley natural como una responsabilidad propia de guiar a los cristianos a la salvación dada por Dios. A partir de ella propone leyes eclesiales con la intención de especificar cómo respetar en las circunstancias actuales los bienes morales implicados.
14. Si la misericordia consiste en curar las heridas de las personas, ¿por qué no aplicarlo a los divorciados?
La misericordia nos permite como al Buen Samaritano “ver con el corazón”, esto es, descubrir las auténticas heridas y untarnos con el aceite verdadero que las puede curar. En eso la distinguíamos de la sola compasión, que no cura. Es esencial entonces curar las heridas de los divorciados. La misericordia nos permite ver así que todo divorcio es una herida, tanto en el que ofende, por romper un compromiso culpablemente; como en el que es ofendido que sufre esa injusticia. Es falsa la pretendida visión romántica de que se puede “empezar de cero” si aparece otro afecto intenso que haga olvidar o desaparecer todos los anteriores. Quien tras el divorcio busca una nueva unión hace todavía más profunda la herida pues pretende taparla y le es más difícil de reconocer.
Por eso mismo, lo primero a lo que obliga la misericordia es a reconocer que se está herido. Desde un punto de vista pastoral para curar, no basta nunca un cambio de norma, pensando que con ello se soluciona el problema, sino un cambio real de corazón capaz de encontrar el sentido profundo a los dones recibidos de Dios. En la persona ofendida, la misericordia le hace capaz de perdonar, que es el modo más divino de reconocer que sigue existiendo un vínculo basado en el perdón de Dios que permanece. En la persona culpable, la misericordia cura su infidelidad para que pueda ser fiel a la Alianza que Dios ha sellado con su amor, con los cambios que sean precisos para ello.
Toda curación requiere un tiempo, esto es lo que se llama ley de la gradualidad, ya que normalmente es poco a poco como una persona llega a “ver con el corazón” la plenitud de exigencia de la misericordia. Esto reclama el acompañamiento en un proceso a partir de esta medida divina. Es lo contrario de una gradualidad de la ley, que sin tener en cuenta el movimiento conversivo de la misericordia, quiere adaptar la ley a las supuestas capacidades de la persona sin contar con la gracia, en una pura medida humana.

IV. La ley canónica y la flexibilidad

15. Si las personas son irrepetibles, y las leyes genéricas, ¿por qué no aplicar la epikeia en casos concretos de divorciados vueltos a casar?
Toda persona es única, y también son únicas las relaciones personales esenciales para que descubra su identidad. Son los vínculos de amor que toda persona establece para poder alcanzar una vida plena y que se sostienen en la objetividad de determinados bienes. Sin la fidelidad a estos vínculos, la persona pierde su identidad moral y su camino de plenitud.
La ley moral se fundamenta en la comprensión de la verdad del bien que permite comunicar objetivamente a las personas y conforma la identidad de esos vínculos personales como es la paternidad, la filiación, la amistad, la esponsalidad, la cooperación, la solidaridad. Sin estos bienes relacionales la vida del hombre se deshumaniza gravemente.
La epikeia es la virtud de encontrar excepciones a una ley por considerar que la intención del legislador no la quería aplicar a un caso concreto a pesar de la letra de la ley. De aquí se desprende inmediatamente que no puede aplicarse la epikeia a la ley natural, porque ésta es universal, pero dentro de la comunicación del bien de la acción humana concreta. Las pretendidas excepciones de la ley natural remiten a una idea de un Dios arbitrario que beneficia a unos y exige a otros.
La ley moral propia del matrimonio pertenece a la ley natural, tiene una universalidad evidente por estar arraigada en “la naturaleza de la persona y de sus actos” (GS 51). No hay cabida a la epikeia en el caso del divorcio, quien en esta situación se casa con otro cónyuge, en todos los casos, adultera. No hay excepciones a “no adulterarás”, como no hay excepciones a “no matarás”.
16. ¿Por qué tantas leyes para el matrimonio, que es una cuestión de amor? ¿No es el Derecho Canónico algo contrario al espíritu de una pastoral de la misericordia que es flexible por naturaleza?
El amor en cuanto personal es fuente de vínculos estables que fundan obligaciones, basadas en relaciones de justicia. Por ello, el amor exige para ser verdadero el cumplimiento de la justicia. El amor esponsal que funda el matrimonio es el que explica sus características en cuanto institución, que por su carácter objetivo y universal, no dependen de los avatares propios de los afectos humanos, sino de la verdad del bien implicado.
El Derecho Canónico matrimonial es expresión de los bienes de justicia que pertenecen a esta institución querida por Dios y los defiende. El recto derecho es el modo de defender la posición de los más débiles respecto de la de los más poderosos, y esto mismo pone al derecho en la línea de la misericordia.
La defensa real de dichos derechos no es contraria a una flexibilidad y creatividad en el amor conyugal, que es esencial para la superación de los distintos problemas que pueden surgir y para el crecimiento del mismo. Esto es lo que se denomina dimensión pastoral del Derecho Canónico.
17. ¿Qué pasa cuando un divorciado vuelto a casar piensa en conciencia que su primer matrimonio no fue válido?
Por su misma naturaleza, objetiva y jurídica, el matrimonio como institución es una realidad social. Por ello, si bien es una cuestión de conciencia, ya que implica a toda la persona, no se reduce a ella, pues emerge de una relación interpersonal que comunica con otra persona. La propia convicción de la invalidez del matrimonio no puede considerarse como un dato definitivo para sentenciar su inexistencia, ha de someterse al juicio de quien en la Iglesia representa la autoridad también respecto del matrimonio.
Es un punto esencial para la comprensión de esta dimensión social superar la privatización del matrimonio, de la libertad y del amor, que no son sino consecuencias de la privatización de la conciencia, que se interpreta a modo de un juicio solipsista, puramente autorreferencial, que absolutiza su juicio frente al de cualquier otra persona.
En el caso de tener serias dudas respecto de la validez del primer matrimonio, se ha de resolver esa duda, acudiendo a personas expertas que aconsejen bien y al juicio de los tribunales eclesiásticos de la Iglesia. Lejos de dejarlo todo al arbitrio de la sola conciencia individual, se acompaña así a la persona en un discernimiento eclesial como corresponde a una realidad social y no privada como es el matrimonio.

V. Indisolubilidad del matrimonio: justicia y misericordia

18. ¿Qué significa que el matrimonio es un sacramento, si es algo natural que el hombre y la mujer se unan de modo estable con la intención de fundar una familia?
Significa que en el matrimonio se da una especial manifestación del plan de Dios sobre el hombre, en la medida en que se revela y se realiza mediante el amor humano de un hombre y una mujer. Este amor se manifiesta a sí mismo en su valor único, en cuanto exclusivo, para siempre, abierto a la vida. En él el hombre descubre una presencia trascendente que supera con mucho un mero acuerdo de voluntades. Esta dimensión de trascendencia que corresponde de forma natural al amor esponsal, está radicalmente abierta a una revelación más profunda de la presencia real del Amor de Dios en este amor humano.
El Amor de Dios hacia su pueblo ha sido presentado por los profetas como un amor esponsal en vistas de una Nueva Alianza definitiva e indestructible (cfr. p.ej. Ez 16). Es la que ha realizado Jesucristo con la entrega de su cuerpo en la Cruz para unirse eucarísticamente a su Iglesia en “una carne”. Es lo que los esposos cristianos significan y realizan con su propia entrega exclusiva e indisoluble (cfr. Ef 5,32). Se trata, por tanto, de un don de Dios que nace de dentro del amor que hace entregarse el uno al otro y confirma en una nueva dimensión el vínculo que el amor natural hombre significa por sí mismo.
Creer en la carne de Cristo (cfr. 2 Jn 7) exige así creer en la gracia del sacramento del matrimonio como unión indisoluble, es una expresión de gracia y no un problema al que encontrar excepciones. Posiblemente, la secularización del matrimonio ha sido el peor ataque a la naturaleza misma de esta unión. Comenzó con la negación de Lutero a su significado sacramental, y continuó con la “invención” de un matrimonio civil sin referencia alguna a la trascendencia que es algo distinto y contrario al “matrimonio natural”.
19. Por qué el matrimonio puede ser indisoluble si el amor es algo sujeto a tantas variaciones. ¿Qué significa la indisolubilidad cuando ha “muerto el amor”?
El matrimonio es naturalmente indisoluble porque el amor esponsal, el que se prometen los esposos, está dirigido a la persona y su capacidad de amar y no a sus cualidades que son las que pueden variar. Por eso el “para siempre” de esa promesa contiene un profundo sentido humano que va más allá de las emociones y los sentimientos y constituye y asegura un vínculo entre los esposos que en sí mismo es permanente hasta la muerte.
El “amor romántico” es el que puede morir, y de hecho muere en tantas ocasiones, pero eso no tiene que ver con la permanencia en el amor conyugal que es signo de su verdad. Curar a las personas de la debilidad del amor romántico es necesario para que descubran el amor como una fuente en el que regenerar las relaciones.
A pesar de la enorme fuerza del amor humano en su apertura a la trascendencia, se comprende que por la debilidad de pecado, la “dureza de corazón” (Mt 19,8), se pueden dar situaciones en las que se hace humanamente imposible seguir viviendo la convivencia que ese amor implica. Es allí donde aparece la fuerza de Cristo, de un “amor crucificado” (San Ignacio de Antioquía) que en el bautizado implica que “es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20), por lo que podemos participar de la misericordia de su corazón que “si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13). Así lo vivimos en el bautismo que permanece para siempre aunque seamos infieles, es una verdad de un don irrevocable del amor de Dios en nosotros. El amor de Dios permanece en el misterio de su donación aun cuando los actos del hombre lo quieran “matar”.
Cuando el matrimonio alcanza su plena significación sacramental de ser “una carne” en Cristo (matrimonio rato y consumado) participa de tal modo del don del amor de Dios que significa esa Alianza irreversible de Dios aunque el hombre sea infiel a ese amor. Cuenta siempre con el don de la gracia, que le permitirá vivir de acuerdo con las exigencias a la fidelidad a ese amor, por la promesa de Cristo, que es fiel.
20. Ante una separación irreversible, ¿no es inhumano obligar a las personas a vivir solas sin posibilidad de “rehacer su vida”? ¿No podría la autoridad eclesial disolver el vínculo como hace con religiosos y sacerdotes?
“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6). Es una exigencia tan fuerte que a los mismos discípulos les parecía excesiva: “Si esa es la situación del hombre con la mujer no trae cuenta casarse” (Mt 19,10). Sólo comprenden la profunda verdad que encierran las palabras de Cristo “los que han recibido ese don” (Mt 19,11). Es el don de la misericordia divina que cura la dureza de corazón para que sean capaces de vivir en Cristo su matrimonio.
Esto significa siempre “rehacer” la vida, pero desde la verdad de la propia existencia, pues “quien se casa con otra, comete adulterio” (Mt 19,9). Se trata de la “vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), una vida según el don de la gracia que participa de la fidelidad de Cristo ante la infidelidad de los hombres. Es la que hace posible vivir la fidelidad en situaciones difíciles, también dentro del matrimonio, como es una continencia prolongada por enfermedad.
La prohibición de una nueva unión, es el testimonio de una fidelidad nueva que sólo Cristo hace posible. Los que permanecen fieles a su vínculo matrimonial en el difícil estado de separación irreversible de su cónyuge son eminentes testigos de la verdad del Amor de Dios en este mundo. Necesitan para ello un apoyo y reconocimiento de la comunidad cristiana para que comprendan que Dios no los abandona a la soledad.
La Iglesia, por tratarse de la verdad de un vínculo sacramental que recibe de Cristo, no tiene sobre la indisolubilidad del matrimonio plenamente sacramental otro poder que el de administrarla, no puede disolver “lo que Dios ha unido”. En cambio sí puede revocar lo que la Iglesia ha recibido como son los votos religiosos o las promesas sacerdotales que dependen de la autoridad eclesial y pueden ser levantadas por motivos graves. No así el sacramento del sacerdocio que permanece para siempre aunque el sacerdote sea infiel al don recibido e incluso apostate y pierda la fe, será “sacerdote para la eternidad” (Heb 5,6) y la Iglesia no puede nunca quitarle su sacerdocio.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Aniversario de la Beatificación de Álvaro del Portillo

27 de septiembre, Valdebebas: un año después

Madrid acogió hace ahora un año la beatificación de Álvaro del Portillo. Recordamos algunos documentos, vídeos e imágenes para revivir aquellos momentos.
"Querido hermano, el beato Álvaro del Portillo nos envía un mensaje muy claro, nos dice que nos fiemos del Señor, que él es nuestro hermano, nuestro amigo que nunca nos defrauda y que siempre está a nuestro lado". Son palabras de Papa Francisco en una extensa carta remitida a Mons. Javier Echevarría con ocasión de la beatificación de Álvaro del Portillo.

El momento más emocionante
Tras la fórmula solemne de beatificación pronunciada por el Cardenal Amato a las 12:24 h., fue descubierta la imagen del nuevo beato cuya fiesta se celebra el 12 de mayo. Al acto acudieron más de 200.000 personas. Resumimos la ceremonia en un vídeo de seis minutos, que muestra los momentos más importantes.
Homilía de la beatificación y otros textos principales de aquella celebración y de los días posteriores.
Pocas semanas después del 27 de septiembre, se publicó este libro con algunas de las mejores instantáneas. Visítelo abajo o descarguelo en formato pdf.

Documental sobre la beatificación de Álvaro del Portillo. Habla la familia de José Ignacio, el niño que recibió el milagro por intercesión del nuevo beato. El documental recoge declaraciones de la portavoz de la beatificación, de familias que acogieron a personas de todo el mundo, de responsables de la ONG Harambee África, voluntarios y participantes en esas jornadas inolvidables.
La huella de la preocupación social y espiritual del beato Álvaro 
Las enseñanzas del beato Álvaro están en el origen de diversas iniciativas de desarrollo social, en países de Latinoamérica (vea el documental "Trabajar para los demás"), y en otros países de África, Europa, Asia y Oceanía. Responsables de 40 iniciativas sociales participaron el día 25 de septiembre, en Madrid, en el Encuentro Internacional "40 iniciativas contra la pobreza".
Así transmitimos la beatificación de Álvaro del Portillo (Madrid, 27 de septiembre de 2014) en Twitter.

Algunas preguntas sobre la familia

Juan José Pérez-Soba y Stephen Kampowski

La santidad de las familias es la pastoral verdaderamente evangelizadora
El profesor español Juan José Pérez-Soba, docente de Pastoral Familiar en el Pontificio Instituto Juan Pablo II, es autor, junto con Stephen Kampowski, de El verdadero Evangelio de la familia. Perspectivas para el debate sinodal (leerÍndice general, Prólogo e Introducción).
Como complemento a la citada publicación ofrecen, dentro de la colección Iglesia y familia del sitio web del citado Instituto Pontificio, las "30 preguntas clave sobre los sínodos de la familia", distribuidas en los bloques temáticos en que se dividen:
I. El desafío de la cultura pansexualista. II. Misericordia y pastoral de la Iglesia. III. Divorciados «casados civilmente» o que viven en situación de una nueva convivencia. IV. La ley canónica y la flexibilidad. V. Indisolubilidad del matrimonio: justicia y misericordia. VI. El testimonio de la tradición de la Iglesia. VII. La benevolencia pastoral en las situaciones concretas.

I. El desafío de la cultura pansexualista

1. ¿Cuál es el auténtico desafío de la familia cristiana en la actualidad?
En la actualidad el mayor desafío de la familia es de orden cultural. Es debido a la revolución sexual de los años 60 del siglo pasado, que, al cambiar el modo de comprensión de la sexualidad, ha extendido una ideología que debilita la comprensión de la familia al compararla con otros presuntos modelos familiares y dificulta a las personas el vivir de verdad lo que desea su corazón: una familia verdadera.
Esto se evidencia en que los datos sociológicos nos muestran que la familia, tal como la enseña la Iglesia, en la opinión de la gente es con mucho la institución más valorada en muchos países, mientras que culturalmente es combatida. Sin duda, esta es la gran cuestión a la que la Iglesia en su evangelización debe responder so pena de producir un cortocircuito entre lo que dice y lo que las personas comprenden y viven. Se evidencia una correlación entre crisis de la familia y debilitamiento de la fe.
2. ¿Qué es una “revolución sexual”? ¿Cuántas ha habido a lo largo de la historia?
Una revolución sexual es un cambio cultural radical en el modo de comprender las relaciones entre el hombre y la mujer, en los significados fundamentales de la diferencia sexual, en lo referente a la unión de amor y la procreación.
Si nos referimos a la época del cristianismo la primera de ellas fue la revolución moral y sexual del helenismo con la cual se encontró la primera Iglesia. Después hemos de mencionar la del s. XII, con el cambio de la Alta a la Baja Edad Media y el influjo gnóstico de cátaros y albigenses, que dio lugar al amor cortés que era siempre adulterino. En el inicio del renacimiento se produjo la exaltación de ciertas costumbres paganas de una sensualidad sin trascendencia. El iluminismo dio lugar a un libertinismo de carácter cínico que tuvo un influjo extendido que hizo que el movimiento romántico hiciera una crítica muy fuerte al matrimonio como “cárcel del amor”. En el siglo XX la primera revolución sexual fue, junto con la que se dio en la Unión Soviética por la aplicación de un comunismo que consideraba la familia un invento burgués, la de los años 20 en los países occidentales, que propugnaba una separación ideológica entre el cuerpo que se considera algo biológico sin más significado y lo personal que puede imponer cualquier significado al cuerpo.
La revolución sexual de los años 60 del s. XX ha dado lugar a una cultura pansexualista que es la actual.
3. ¿Qué es el pansexualismo? ¿Cómo puede responder la Iglesia al mismo?
El pansexualismo es un modo ideológico de comprender la sexualidad que se extiende culturalmente y que impregna nuestra sociedad. Su propuesta es sencilla: 1º reducir la sexualidad a sexo, esto es, a excitación sexual, sin más significado. 2º Introducir la sexualidad en una sociedad de consumo, de modo que se comercia con ella en todos los niveles. Y 3º considerar positiva esta realidad, como un progreso social que libera a las personas.
Todo cambia cuando consideramos la sexualidad como una dimensión personal, por medio de la cual las personas se comunican y establecen relaciones firmes. No se puede comerciar con personas, tampoco con afectos. La Iglesia ha de saber ofrecer el Evangelio del matrimonio y la familia como una profunda verdad del hombre, una “antropología adecuada” como la llamaba San Juan Pablo II, el “Papa de la Familia”, en sus Catequesis sobre el amor humano. En ellas se nos ofrece un lenguaje y un camino claro de superación del pansexualismo.
4. ¿A qué llamamos sujeto emotivo? ¿Por qué el sujeto emotivo tiene tantas dificultades en su matrimonio?
El emotivismo es una forma inadecuada de comprender la identidad del sujeto personal. Quien es emotivo se identifica de tal modo con la emoción que siente que valora la moralidad de las acciones según la emoción que le despierta. Un acto es bueno si lo “siento bueno”, es malo si lo “siento malo”. Es un tipo de relativismo radical, que ha impregnado la conciencia como ya vio proféticamente Newman. El emotivista niega cualquier tipo de razón objetiva que pueda guiar a la persona en sus juicios morales. Sobre todo, encierra al hombre en la cortedad de emociones que cambian, colisionan una con otras, se contradicen entre sí, etc.
El emotivismo se transmite en la actualidad por el sistema educativo, que no educa los afectos y, por la imposición de una falsa idea de autonomía, deja la persona encerrada en sus emociones cómo único criterio de vida.
El emotivista tiene una gran dificultad en pensar la vida como un todo, porque la emoción falsifica el tiempo que se ve siempre como un enemigo y el espacio, ya que fragmenta la persona en los distintos ámbitos vitales. Una persona emotivista es distinta en su casa, en su trabajo, en su tiempo libre, con sus amigos, etc. Además, el puro emotivismo impide aprender de las propias experiencias pues se las juzga simplemente como positivas o negativas sin percibir su significado. Produce así lo que se denomina “analfabetismo afectivo” que impide entender lo que los afectos nos dicen para construir nuestra historia.
Es una auténtica enfermedad de la personalidad humana que hay que curar para poder afrontar adecuadamente el matrimonio. Se evidencia así la necesidad de una educación afectiva verdadera que permita a las personas, integrar en un camino de amor sus emociones y sentimientos con toda la positividad que tienen, en la medida que encuentran un cauce en los vínculos personales que conforman. En la tradición de la Iglesia hay autores que han valorado muy positivamente los afectos como un lenguaje de Dios y cuenta por ello con una gran riqueza de sabiduría humana y divina que ofrecer en este campo.
5. ¿Hasta qué punto es un problema pastoral que las parejas se casen con personalidad adolescente y con un amor romántico?
La realidad del sujeto emotivo es la causa de la duración excesiva de la adolescencia en nuestra sociedad occidental. Se ha llegado al caso que las personas llegan al matrimonio con una mentalidad adolescente que no se hace cargo de las verdaderas dificultades de la vida común.
Esta fragilidad se agrava por la interpretación romántica del amor entre el hombre y la mujer que impide ver la fuente verdadera del amor esponsal.
La conjunción de las dos realidades debilita mucho las parejas para poder construir una vida en común según el plan de Dios. Construyen su vida en la arena y quedan expuestas a las circunstancias externas que en muchas ocasiones son contrarias.
Superar estas carencias es una tarea que requiere un seguimiento pastoral, no basta con un cursillo de preparación. Cuando esto no se da, lo que la Iglesia ha de ofrecer es un acompañamiento posterior en los problemas, sabiendo que a las parejas actuales les cuesta mucho pedir ayuda. Nos ha de hacer pensar cómo tantos matrimonios perciben la Iglesia como lejana a sus problemas reales, precisamente cuando pastoralmente es más urgente afrontarlos.
6. ¿Por qué el amor romántico es contrario al matrimonio?
El amor romántico surgió como respuesta cultural a un racionalismo que ignoraba los afectos, por eso aparece como una explosión afectiva irracional. Por ello, el amor se considera meramente espontáneo fuera de toda obligación y se piensa que la verdad del amor se mide sólo por su intensidad. Cuando esto ocurre el tiempo se convierte en enemigo del amor, parece que lo desgasta internamente, lo persigue hasta acabar con él. Por último, el amor romántico es intimista se encierra en la inmediatez de la relación de pareja y es refractario a cualquier ayuda externa.
El matrimonio como institución y realidad social se ve, entonces, como contrario al amor, pues lo encierra en obligaciones formuladas en normas jurídicas positivas.
El cristianismo cree, en cambio, que el amor es un acto de libertad que implica toda la persona y que su verdad está en el bien que promete, no en la intensidad con la que lo siente. Por eso mismo, la fórmula del consentimiento del matrimonio es una promesa. El vínculo matrimonial, por consiguiente, se genera en el intercambio de promesas en la medida que remiten a una autoridad mayor, al mismo Dios. Por eso, el tiempo ayuda a ver que la fuente del amor de los esposos reside en un Amor más grande que los precede, es este el que les da la roca firme donde construir una relación firme sostenida por el don divino.

II. Misericordia y pastoral de la Iglesia

7. ¿En qué se diferencia la misericordia de la compasión?
La misericordia es el más grande de los atributos divinos, porque nos habla de lo íntimo de Dios. Sólo podemos acceder a su auténtico contenido por medio de la revelación que Dios ha realizado al hombre en la historia. En ella, el atributo de la misericordia aparece como fidelidad a la Alianza a pesar de la infidelidad del hombre. En esta revelación, el mayor mal del hombre es vivir fuera de la Alianza y volver a ella es el contenido real de la salvación que Dios promete al creyente.
La compasión, en cambio, indica la reacción afectiva que nos permite poder salir de nuestros propios afectos para hacernos cargo de los de otra persona, lo cual es especialmente importante en lo que corresponde al sufrimiento, dentro de una medida humana. La misericordia supera con mucho la mera compasión pues nos muestra lo más profundo de la omnipotencia divina que Dios es capaz de vencer toda miseria humana, en especial lo que toca el pecado y la muerte.
8. ¿Por qué hemos de distinguir misericordia y tolerancia?
La tolerancia nace de la dificultad de convivir con el mal. Hemos de tolerar algunos males, para poder perseverar en la búsqueda del bien, pues de otro modo la experiencia enseña que sobrevienen males mayores. La misericordia, por el contrario, no habla de tolerancia con el mal, sino de la victoria sobre el mismo.
Es cierto que el amor a una persona es lo que nos hace tolerar algunos defectos suyos, pero siempre con el deseo de que los supere, pues queremos para ella el bien máximo. La misericordia, al contrario de la mera tolerancia, lo que hace es perdonar el mal, esto es dona un amor que supera la ofensa y permite la reconciliación.
Nos aparece ahora la diferencia fundamental: un dios sólo tolerante sería aquel al que no afectarían nuestras ofensas que no le importan porque está muy lejos de nuestro pequeño mundo. Un Dios misericordioso es el que se sabe ofendido por nuestros actos y quiere curarnos del mal de estar separados de nuestra Alianza con Él. Es un Dios sorprendentemente cercano que supera cualquier componenda con el mal.
En un mundo como el nuestro, radicalmente individualista, en el que el solo respeto se propone como norma suprema de relación humana, la confusión entre misericordia y tolerancia es una tentación próxima y una auténtica falsificación de la misericordia.
9. ¿Qué significa que la misericordia es la “justicia suprema” como afirma Santo Tomás de Aquino?
Significa que Dios no olvida nunca la justicia y que es el gran garante de la justicia entre los hombres. Por tanto, no existe ninguna misericordia injusta, que ofenda la justicia, porque esto daña la dignidad humana.
La justicia es tan importante que en la Biblia alcanza un valor trascendente, significa vivir según la voluntad de Dios, “ajustarse” a su voluntad. Esto nos abre a una medida mayor que la justicia humana, pues nace de lo profundo del amor de Dios y puede obrar aquello que la sola justicia es incapaz de hacer, esto es, puede reparar cumplidamente la ofensa producida y reconciliar al pecador.
Por eso, mientras la sangre de Abel clama justicia, la de Cristo concede misericordia y cumple de modo excelente la petición de Abel (cfr. Heb 12,24).
No hay mayor falsificación de la misericordia que la que se atribuye en derecho inexistente de obrar contra justicia, aunque sea movida por compasión.
10. ¿Es una adecuada pastoral de la misericordia buscar excepciones a una ley moral?
Buscar excepciones a una ley moral es en sí misma una tergiversación de la misericordia y una falta de comprensión de la ley en su sentido moral, por confundirla con una ley positiva humana. Se debe a un legalismo que sólo ve en la ley la imposición de la voluntad del legislador y que, por eso mismo, podría interpretarse de modos distintos y concebir que está abierta a excepciones puntuales. Es la posición de Ockham: “es bueno, porque está mandado; es malo porque está prohibido” (bonum quia iussum, malum quia prohibitum). Ahora bien, la ley en realidad es la expresión de una verdad del bien que guía nuestras acciones hacia la unión con Dios. Como afirmaba Santo Tomás: “está mandado, porque es bueno; está prohibido, porque es malo” (iussum quia bonum, prohibitum quia malum). Por eso, no caben excepciones a esta verdad, simplemente se puede aclarar más profundamente su contenido.
La misericordia en sí misma es “mayor” que cualquier ley, porque siempre existe la posibilidad de un bien mayor que no puede ser nunca mandado, pero nunca puede entenderse como recurso para ir contra la ley, esto es, para excusar un mal. De aquí que la lógica de la misericordia sea siempre la de vencer el mal y no encubrirlo o considerarlo menos importante.
El poder humano que impone leyes se reserva la posibilidad de restringir el alcance de su mandato para mostrar su benevolencia, con ello muestra su imperfección que no puede tener en cuenta todos los casos particulares. En cambio, el poder divino usa de la misericordia para hacer al hombre capaz del bien contenido en sus mandatos. En muchos casos, fuera de su condición de servicio, la piedad de la autoridad humana tiende a exaltarse a sí misma; Dios, por el contrario, exalta al humilde, al hacer justo al pecador.
11. ¿Se puede negar alguna vez el perdón o la misericordia a alguien?
La enseñanza que Jesucristo hace de la misericordia, como se ve especialmente en la parábola del buen samaritano, es universal y activa pues contiene el imperativo “haz tú lo mismo”. Nadie está excluido del don de la misericordia “que llena la tierra” (Sal 33,5), ni del ofrecimiento consiguiente del perdón. Es un don divino que hay que ofrecer siempre (Mt 18,22), incluso a los enemigos (Mt 5,44), por lo que no podemos aplicarle nunca un límite humano.
Por ser dones divinos, la misericordia y el perdón han de ser recibidos por el hombre, y es aquí donde pueden encontrar una negativa humana que los haga imposibles por alguna razón. Es imposible que reciba el perdón quién no está arrepentido de verdad de su falta, pues esto implica un rechazo interior del pecado. Igualmente, la misericordia no llega a ser recibida de verdad cuando no se vence el mal, cuando no se produce la conversión de aquél a quien se ofrece.
En estos casos, aunque parezca que se niega el perdón o la misericordia a una persona, en verdad lo que ocurre es que ellos mismos se hacen incapaces de recibirla.

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