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domingo, 25 de junio de 2017

Wonder Woman





Director: Patty Jenkins


Guion: Allan Heinberg (historia: Zack Snyder, Allan Heinberg, Jason Fuchs; personajes: William M. Marston).
Intérpretes: Gal Gadot, Chris Pine, Robin Wright, Connie Nielsen, David Thewlis, Elena Anaya, Lucy Davis, Danny Huston.
141 min.
Jóvenes-adultos. 
(VS)
A pesar de los prejuicios de algunos –los míos, los primeros–, Wonder Woman ha conseguido colocarse en lo más alto de la taquilla y convencer a muchos críticos poco sospechosos de venderse al embrujo del cine comercial.
Después de media hora, se entiende el éxito de público y crítica. Estamos ante una película que tarda poco en meter al espectador en la historia. Una historia que mezcla elementos de la mitología –una isla paradisiaca poblada de amazonas– con el cine de aventuras –un náufrago rescatado– y toques de ciencia ficción –una membrana que atraviesa el tiempo– para desembocar en un drama bélico con unas gotas de romance que será el telón de fondo para que se nos cuente, ahora ya sí, la historia de nuestra superheroína.
Las batallas, los efectos y los fuegos artificiales –tan propios del género y, por qué no decirlo, tan excesivos– están al servicio de la historia. El guion, aunque sobra metraje, está bien cocinado. Hay ritmo, hay desarrollo de los secundarios, hay buena costura de subtramas… Y hay, sobre todo, una buena escritura del personaje protagonista. Y aquí es donde, reconozco, terminaron mis prejuicios. A pesar de los excesos, los vuelos, las llamas y demás superpoderes, Wonder Woman es un personaje femenino muy bien construido. Más creíble y cercano a la mujer real que otras muchas que pueblan la cartelera.
Diana –que así se llama la amazona protagonista– es una mujer que está en lo que hay que estar o, mejor dicho, en lo que cree que hay que estar y quiere estar. En este caso, salvar a la Humanidad (como el resto de los superhéroes). El hecho de ser mujer ni le quita ni le pone en este propósito. Sus armas no son las –mal– llamadas armas de mujer. Es una mujer atractiva pero que nunca se plantea explotar, ni de lejos, su sexualidad. Una mujer que se mueve con algunos resortes muy femeninos (que –por cierto– hacen desplegar una riqueza narrativa muy interesante) y que es capaz de compaginarlos con valores considerados tradicionalmente como masculinos como la fuerza o la decisión.
Una mujer que trata de tú a tú al hombre, que ni lo mira por encima ni por debajo del hombro, que no experimenta ningún tipo de dependencia hacia el sexo opuesto, que no entiende la relación en términos de competencia sino de complementariedad, de absoluta igualdad… Una mujer, en definitiva, que se parece bastante más a las mujeres reales de lo que se parecen las protagonistas de Sexo en Nueva York (que esas sí que son de ciencia ficción).
Y hablando de igualdad y feminismo (que son términos sinónimos, como subraya la RAE), este planteamiento tan fresco de la protagonista y su contraste con el machismo de algunos personajes da lugar a algunos pasajes francamente divertidos. Un toque de humor inteligente que pone la guinda a la mejor película de superhéroes que hemos visto en bastante tiempo.
Ana Sánchez de la Nieta

martes, 20 de junio de 2017

La otra cara de la globalización

Por Alejandro Llano, El País, España
Está muy bien que se empiece a hablar del 'rostro humano de la globalización', porque ciertamente lo tiene. Es un grandioso fenómeno que nos une, que nos aproxima, que -por la facilidad de los medios de transporte y las nuevas tecnologías de la comunicación- nos acerca unos a otros de un modo impensable hace tan sólo una década. Pero lo interesante de lemas y divisas no es tanto lo que dicen como lo que sugieren o, expresado con cierta malicia, lo que 'delatan' o 'traicionan'. Si hay un rostro humano de la globalización es porque -cual Jano bifronte- también tiene otra cara, menos cercana a la persona, menos humana, deshumanizadora quizá. Y, como suele pasar con la discusión intelectual de cualquier tema, el meollo de la cuestión se nos revela mejor si jugamos a contraponer los dos costados del problema para adquirir una visión sintética del fenómeno de que se trate, sin olvidar que 'sintética' equivale a 'constructiva', 'elaboradora', 'creativa'.
Por fortuna, han pasado los días del entusiasmo indiscriminado y poco reflexivo por la globalización, una de cuyas más notorias paradojas es su carácter escasamente global. Los estudiosos del tema calculan que toda la parafernalia de la mundialización -compuesta por las nuevas tecnologías informáticas y telemáticas, la new economy neoliberal, la interpenetración de las culturas o multiculturalismo y la llamada 'sociedad de la información'- sólo afecta al 15% de la población mundial, mientras que gran parte del resto sigue viviendo en unos niveles que van desde el neolítico hasta los bordes inferiores de la civilización romana. Baste apuntar que el 65% de los habitantes del planeta nunca ha hecho una llamada telefónica y que en la isla de Manhattan hay más conexiones electrónicas que en toda África.
Así las cosas, podemos afirmar que lo primero que se ha globalizado es la pobreza. Y un personaje tan poco sospechoso como Michel de Camdessus ha declarado recientemente que 'la pobreza puede hacer saltar todo el sistema'. Viene a mi memoria lo que nos pasaba en el campamento de milicias universitarias con los lanzagranadas, el hispano bazooka: lo importante no era que el proyectil diera en el blanco -empeño desechado de entrada-, sino que el 'rebufo' no escaldara a la mitad de la compañía. Es a lo que los sociólogos llaman 'efectos perversos', que parecen multiplicarse cuando las soluciones que se buscan a los problemas se apartan de la tierra natal de las personas y sus relaciones insustituiblesLa irrupción de los procesos mundializadores ha conducido a que la distancia de riqueza entre los países -y, dentro de cada uno, entre sus diversos niveles sociales- haya crecido en los últimos lustros. La diferencia entre un rico de un país rico y un pobre de un país pobre es un abismo que no se había registrado nunca hasta nuestro tiempo. En términos generales, según algunos historiadores de la economía, hace mil años la distancia entre el país más rico del planeta (a la sazón China) y los más pobres (entre ellos, la mísera Europa) era de 1,2 a 1. Hoy, esa desproporción entre acaudalados y miserables se eleva a la relación de 9 a 1, y sigue creciendo sin interrupción. Quizá esta dinámica de desigualdad brote de las necesidades internas del nuevo modo de trabajar y comunicarse. Pero yo diría con Richard Sennett: 'No sé cuáles son los programas políticos que surgen de esas necesidades internas, pero sí sé que un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón humana para cuidarse entre sí no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad’.
Estamos ante una globalización monocéntrica, que habla (mal) inglés y tiene su núcleo en Estados Unidos y 'países satélites'. Se trata, por consiguiente, de una estructura unilateral y estática (otra paradoja), en la que no hay apenas feed-back ni descentralización sistémica. Así entendida -lamento decirlo con otros muchos-, la globalización es un procedimiento para que los poderosos se aprovechen de los débiles. Ahora bien, y aquí surge la 'oportunidad vital', la propia estructura tecnológica y económica en la que se apoya la mundialización abre la posibilidad de establecer en los lugares más insospechados del planeta una dinámica endógena, es decir, una emergencia de creatividad y talento que puede dejar 'descolocados', al menos durante alguna temporada, a los presuntos árbitros de la situación. Y de esto, afortunadamente, también empieza a haber algunos ejemplos.
Las condiciones de posibilidad de ese dinamismo endogénico no estriban en la adquisición masiva de ordenadores, en la apertura de sucursales de empresas multinacionales a pie de obra, o -menos aún- en la patética idea de la Cumbre del Milenio en Nueva York, consistente en instalar una terminal de Internet en cada escuela del Tercer Mundo (sin aclarar en dónde sería posible enchufarla, ya no a la Red, sino a la corriente eléctrica, y qué comerían los niños y niñas entre web y web). Tales condiciones de posibilidad residen, a mi entender, en la elevación del nivel educativo y cultural, para lo que resulta decisivo distinguir la informacióndel conocimiento. La información es algo externo a la mujer y al hombre, algo que hay que extraer, transmitir, organizar, procesar y, si se tercia, manipular. El conocimiento, en cambio, constituye el rendimiento vital por excelencia de ese animal que habla, el ser humano. Es un crecimiento en su ser, un avance hacia sí mismo, una interna potenciación de sus posibilidades más características.
Éste puede ser el rostro humano de la globalización: la posibilidad de intercambiar y difundir conocimientos en una sociedad en la que el saber -y no las mercancías o los territorios- es la clave de la riqueza de las naciones. El conocimiento no es propiedad de nadie, es difusivo de suyo, no se agota nunca, se acrecienta al compartirlo. Su intercambio presenta, por tanto, caracteres antitéticos a los del mercado (como empieza a manifestarse en algunos aspectos del e-commerce, según ha señalado Jeremy Rifkin). Mientras que la cara excluyente y cerrada de la mundialización es lo que ya Nietzsche llamó 'el mercado universal', cuyas transacciones siempre acaban beneficiando casualmente a los mismos, su lado más humano se asemeja al areópago: un espacio libre y abierto para un saber que se hace accesible a todos.
Alejandro Llano es catedrático de Filosofía de la Universidad de Navarra.

Neutralidad no es indiferencia

Hoy se tiende a confundir el principio de neutralidad del Estado con la indiferencia hacia el hecho religioso, o incluso con el laicismo hostil. Pero, como explica Christian Hillgruber a propósito de la Constitución alemana en un capítulo del libro colectivo Cristianismo, Europa, libertad (Ediciones Teconté), el Estado constitucional moderno no se entiende sin las aportaciones de la fe cristiana. Reproducimos un extracto.
Como es sabido, el Tribunal Constitucional de la República Federal Alemana respalda su jurisdicción en el principio de neutralidad religiosa e ideológica del Estado, tal como lo concibe la Ley Fundamental. (…) Mi tesis, quizá algo afilada, es que, bien al contrario, según nuestro código constitucional, el Estado no es en absoluto neutral frente a las diferentes ideologías o cosmovisiones, así como frente a las religiones: ni quiere ni puede serlo. La Ley Fundamental ha erigido un orden que coloca en el punto central el valor y dignidad del ser humano como persona individual; esa centralidad simplemente no está a disposición (…).
Con su contenido de valores, la Ley Fundamental no puede ser neutral, por ejemplo, respecto a una ideología nihilista que niegue absolutamente todas las normas y valores (incluidos, por tanto, los suyos); más bien la deslegitima y se defiende de ella. En todo caso, el mero “tener” esa ideología y el “exteriorizarla” sin consecuencias, el Estado constitucional puede y podrá soportarlo, puesto que las ideas son libres. Pero en modo alguno le son indiferentes (…).
Ese Estado no acepta cuestionar el orden fundamental liberal democrático. Quien abusa de determinados derechos fundamentales de libertad para combatir ese ordenamiento fundamental, los pierde (art. 18 de la Ley Fundamental). (…) Solo queda admitir que el Estado constitucional ni quiere ni puede permitir a todas las ideologías y tendencias religiosas el pleno desarrollo de sus consecuencias prácticas con un potencial eventualmente destructivo. (…)

El Estado valora

Si la Ley Fundamental, por poner un ejemplo extremo, no permite bajo ningún concepto inmolar a otro, ya sea intencionadamente (como en el caso de la quema de las viudas entre los hindúes), o tan solo limita (como en los casos de rechazo estricto de una transfusión de sangre por parte de los testigos de Jehová, incluso con sus hijos pequeños), aunque lo prescriba un mandato religioso, dado que resulta incompatible con la dignidad humana y el derecho a la vida de la víctima (…), entonces la Ley Fundamental no mantiene realmente equidistancia con todas las religiones, sino que prefiere –y por muy buenas razones– aquellas cuyos mandamientos no cuestionan la prohibición de matar o de poner en peligro a otros. (…)
[Esta toma de postura] implicará un examen indirecto de las doctrinas y prácticas de la religión respectiva en su compatibilidad con los valores del orden jurídico-constitucional; es decir, un examen prima facie de su capacidad de contribuir a la cohesión social a la luz de su compromiso con una determinada cosmovisión ideológica. Esto es de hecho inevitable, pero limita evidentemente la neutralidad, si no en un sentido formal, al menos en sentido material, sustancial. Con la neutralidad formal del Estado en cuestiones religiosas ciertamente se produce, como decía irónicamente Anatole France, la “mayestática igualdad de las leyes que prohíben, tanto a pobres como a ricos, dormir debajo de los puentes, mendigar en las calles y robar pan”.
Nuestro Estado constitucional no puede, desde luego, evaluar, como tal, ni la fe ni la doctrina de una comunidad religiosa, ni tampoco pretende pronunciarse sobre el valor teológico de las convicciones religiosas de sus ciudadanos, pero sí puede, y debe, bajo determinadas circunstancias, prohibir e impedir ciertas consecuencias que necesariamente se siguen de una determinada convicción de fe, y eso resulta igualmente necesario dada su propia creencia en ciertos valores. (…)

Una Constitución que apela a Dios

Por otro lado, ¿acaso no desmiente la tesis de la neutralidad, al menos en toda su rigidez, la propia Ley Fundamental ya desde el Preámbulo? ¿No es significativo que ahí se invoque una “responsabilidad ante Dios”, a diferencia de la Constitución de Weimar, que no contenía esa referencia?
Las declaraciones iniciales del Preámbulo poseen un carácter fundamental, programático. (…) Ahí se expresa en forma escueta, solemne pero también objetivamente concluyente, la autocomprensión diáfana de la República Federal de Alemania desde el punto de vista jurídico-constitucional. (…)
En la medida en que el pueblo alemán, como otorgante de la Constitución, se declara responsable ante Dios, se confiesa colectivamente a favor de la trascendencia y rechaza implícitamente el ateísmo, sin que con ello pueda y quiera obligar a nadie en particular a creer en Dios. (…)
La referencia a Dios en la fórmula de responsabilidad se apoya legítimamente sobre el deber de respetar la igual dignidad de todo ser humano a título de que en cada hombre se refleja la imagen de Dios creador y de que todos los hombres son, en igual medida, hijos de Dios: “En adelante ya no habrá más judíos y griegos, esclavos y libres, ni hombre ni mujer, puesto que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28). Si se margina esa fundamentación trascendente de la dignidad humana, entonces falta algo decisivo, se puede debilitar la aceptación del primer artículo de la Ley Fundamental; a largo plazo, se hace peligrar la existencia del Estado constitucional, cuyo objeto no es otro que la dignidad del hombre. (…)

Un Estado con cimientos sólidos

Sobre el concepto de la dignidad humana se levanta y se mantiene lo que para los creyentes cristianos era y es lo “santo”, a saber, algo que no está a disposición del hombre (…); en el lenguaje secular del Derecho constitucional, “inviolable”. Esta convergencia fundamental, indicativa del ordenamiento de valores y convicciones jurídicas tanto de carácter espiritual-cristiano como público-occidental, no produce ninguna ruptura en la secularidad del Derecho Público, o de su validez independiente de la religión, así como tampoco lesiona el compromiso de la Ley Fundamental a favor de todos. (…)
La fórmula de responsabilidad recoge no solamente el sentimiento básico y la motivación del otorgante de la Constitución; no es una mera reminiscencia histórica. En la medida en que el preámbulo sitúa claramente los fundamentos espirituales del otorgamiento constitucional en la fórmula de responsabilidad, establece también (…) un encargo jurídico-constitucional consistente en mantener en vigor la conciencia que llevó a hacer surgir la Ley Fundamental. (…)
A un Estado cuya Constitución está escrita en la conciencia de una responsabilidad también ante Dios, no le puede ser indiferente el olvido de Dios. (…) Si la Ley Fundamental constituye la “memoria de la democracia” (Paul Kirchhof), y se basa en la fórmula de la responsabilidad, en ese caso hay que recordar al pueblo alemán su responsabilidad en los momentos de fragilidad de conciencia.
Un recurso posible para ello, y que no tiene por qué considerarse en último lugar, es presentar dicha responsabilidad a través de símbolos. La cruz en la escuela constituye una contribución posible a esa legítima cultura del recuerdo y de la evocación (…). En la escuela pública –fuera de la clase de religión– es, de hecho, un “símbolo del Estado”, como ha señalado con acierto Josef Isensee. En concreto, se trata de un símbolo del Estado que la Ley Fundamental ha establecido (…).

Igual protección, pero no equidistancia

En el espacio atlántico europeo (…) ya no hay sitio para la intolerancia ni para la imposición de una fe religiosa por parte del Estado. Sin embargo, la opción indiscutida e irrevocable por la libertad religiosa, que ya constituye en Europa un bien común jurídico-constitucional, no soluciona (…) todas las cuestiones que suscita la relación entre Estado y religión. La libertad religiosa se plantea en el Derecho eclesiástico del Estado en formas muy variadas según los diversos ordenamientos europeos, desde la laicidad en Francia hasta las Iglesias estatales en Inglaterra, en los países escandinavos o en Grecia, pasando por las formas matizadas de cooperación entre Iglesia(s) y Estado en Alemania. (…)
En ningún caso la libertad religiosa fuerza al Estado a mantener igual distancia respecto a todas las confesiones religiosas e ideológicas. Tan solo le prohíbe ejercer la coacción en asuntos de fe, es decir, violentar la conciencia religiosa individual, o hacer él mismo propaganda religiosa. Esto tan solo afecta al aspecto de la defensa del derecho fundamental, no al de su promoción y protección. Si también se quiere obligar al Estado a una neutralidad en el sentido estricto de trato igual, entonces el Estado tendría no solamente que permanecer él mismo aconfesional, sino que debería manifestar a todas las confesiones religiosas e ideológicas el mismo interés o desinterés (…).
Con objeto de derribar las actuales disparidades y establecer una equidistancia total con todas las religiones, por mencionar un asunto controvertido, ¿deberían, entonces, los canales de radio y televisión de titularidad pública emitir, junto a la “palabra del domingo”, cristiana, una “palabra del viernes” islámica, completándola con una judía para el sábado? Quien sigue esa lógica tendría que exigir, en consecuencia, el mismo trato –emisiones de autoexpresión y autopromoción, quizá no con el mismo formato de radiodifusión en días fijos– para ateos, nihilistas y agnósticos, con objeto de no perjudicarles con un trato discriminatorio frente a las religiones (…).
Si se quisiera vetar al Estado toda atención diferenciada en este ámbito, ante la imposibilidad de “privilegiar” a todos tan solo le quedaría la alternativa de abandonarlos a su propia suerte, sin dejar de conceder a ninguno su protección y promoción especial. La tutela religiosa positiva del Estado, o es selectiva –como ocurre en la protección estatal del arte– o no es (…).
Según el criterio del Tribunal Constitucional Federal, la Ley Fundamental no impone al Estado, en función del principio de neutralidad, tratar por igual –de forma igualmente esquemática– con todas las confesiones religiosas. Con mayor razón son admisibles las diferenciaciones condicionadas por la efectiva diferencia de las comunidades religiosas particulares, especialmente según su respectivo tamaño. Sin embargo, no sería conforme con la Constitución emplear el tamaño como criterio general de diferenciación. El derecho fundamental de la libertad de creencias está garantizado [para todos por igual] (…).
[Reconocer que cabe una relación desigual con las confesiones, sin dejar de proteger la libertad religiosa de todos por igual] debería dar vía libre a una política religiosa sin prejuicios, que no mide todas las comunidades religiosas con la misma vara, sino que diferencia, y por tanto distribuye el apoyo y la protección del Estado de forma desigual. No por ello se arroga el Estado un papel que no le es propio, el de erigirse en juez de la fe, y tampoco traiciona su secularidad. No intenta decidir la cuestión de la verdad religiosa. (…) Al Estado solo le interesa la plusvalía secular de la religión, la utilidad que con ella incorpora a favor del bien común, dejando bien claro que en este aspecto las distintas confesiones no aportan el mismo rendimiento (…).

Christian Hillgruber es profesor ordinario de Derecho Público en la Universidad de Bonn.
El texto de Christian Hillgruber, traducido por José María Barrio Maestre, es reproducido aquí por gentileza de Ediciones Teconté.

domingo, 18 de junio de 2017

En la Solemnidad del Corpus Christi

Entre los diversos milagros Eucarísticos que han ocurrido a lo largo de la historia, hay uno que se destaca frente a los otros; y es el milagro ocurrido en el año 1264 en Orvieto, preciosa ciudad Italiana de la región de Umbría.

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Catedral de Orvieto.
Los hechos ocurrieron frente a los ojos del Padre Pedro de Praga quien desde hace un tiempo dudaba de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. En aquella ocasión, el sacerdote se encontraba peregrinando a Roma y descansó una noche en Bolsena, cerca de Orvieto, puesto que la población es relativamente cerca de la Ciudad Eterna. Allí, en la Iglesia de Santa Cristina, el sacerdote solicitó celebrar la Santa Eucaristía, con la esperanza de hallar una respuesta a sus dudas.

La mañana siguiente, cuando el Padre de Praga consagraba el Pan y el Vino se hizo palpable el gran misterio de la transustanciación del Cuerpo y la Sangre de Cristo, cuando la Sagrada Hostia se convirtió en carne, comenzó a sangrar y manchó el corporal.

Atónito por lo sucedido, muy pronto el sacerdote comunicó el prodigio divino al Papa Urbano IV, quien por entonces se encontraba en Orvieto, quien inmediatamente solicitó la hostia y el corporal para verificar lo ocurrido. Al ver el milagro, el propio Pontífice se arrodilló frente al corporal y luego lo mostró a toda la población.

Precisamente por esta manifestación sobrenatural, el Papa Urbano IV, a través de la Bula ‘Transiturus', instituyó muy pronto la Solemnidad del Corpus Cristi, festividad que ocurre el jueves posterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad. Fue precisamente este pontífice quien solicitó a Santo Tomás de Aquino preparar el Oficio Litúrgico para la conmemoración en honor al Cuerpo y la Sangre de Cristo.

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Corporal en el cual ocurrió el milagro Eucarístico - Celebración del Corpus Christi del 2013.
En la actualidad la Catedral de Orvieto es la encargada de custodiar el corporal en el cual ocurrió el milagro. Esta santa reliquia hoy es posible apreciarse en una capilla edificada en homenaje al gran milagro Eucarístico. Corporal que cada año, durante la fiesta del Corpus Cristi, sale en procesión por las calles de la población italiana y preside las celebraciones Eucarísticas que tienen lugar en la Catedral.



Contenido publicado en es.gaudiumpress.org.

domingo, 11 de junio de 2017

Norman, el hombre que lo conseguía todo

Director: Joseph Cedar
Guionista: Joseph Cedar.
Intérpretes:
 Richard Gere, Charlotte Gainsbourg, Steve Buscemi, Michael Sheen, Josh Charles, Lior Ashkenazi, Hank Azaria, Dan Stevens.
117 min.
Jóvenes.


Una singular película del director israelí Joseph Cedar, quien ya sorprendió agradablemente, premio incluido en Cannes al mejor guion, con Pie de página, tragicomedia que ahondaba en las relaciones entre dos estudiosos del Talmud, padre e hijo. Ahora entrega su primera película rodada mayormente en inglés, y con estrella hollywoodense protagonista, un Richard Gere que nunca ha estado mejor, o casi. Y es fiel a sus señas de identidad, su mirada a la naturaleza humana con elementos tragicómicos.
Norman Oppenheimer es un tipo asombroso. Posee mucha labia, resulta encantador, puede ser como una lapa, y tiene la increíble capacidad de lograr contactar con todo aquel que pone en su punto de mira. Se hará amigo en Nueva York de un político israelí de rango modesto, y unos años después podría ser su gran momento, pues aquel tipo más o menos gris es ahora el primer ministro.
El gran logro de Cedar es construir una especie de fábula contemporánea con aires caprianos y sutil ironía, con personalidad propia, acerca del mundo de la política y el tráfico de influencias, cuestión de rabiosa actualidad. Lo hace con humor suave y nada tosco, sin aspavientos, con una trama inteligente, pero que quizá no sabrán degustar todos los paladares. Gere, con su peculiar atuendo, su abrigo marrón claro y su característica gorra, imprime a su personaje un aire casi mágico, de cierta irrealidad cautivadora, que va a chocar con el mundo real. Le asiste un magnífico reparto de secundarios, generosos por conformarse con unos papeles pequeños y no pretender robar la función. 

Wonder Woman

ANA SÁNCHEZ DE LA NIETA 22.JUN.2017, Aceprensa  Director:  Patty Jenkins Guion:  Allan Heinberg (historia: Zack Snyde...